La Agencia Internacional de Energía (IEA) advirtió en su informe mensual del mercado petrolero de mayo que las pérdidas acumuladas de oferta desde el inicio del conflicto con Irán superan los 1.000 millones de barriles, con más de 14 millones de barriles diarios fuera del mercado. El cierre efectivo del Estrecho de Hormuz desde fines de febrero generó un shock de oferta sin precedentes en la era moderna, que fue parcialmente compensado mediante la liberación coordinada de 400 millones de barriles de reservas estratégicas entre 32 países miembros del organismo. En este contexto, el crudo WTI operaba en torno a los US$106 por barril y el Brent cerca de US$110, niveles que ya ejercen una presión significativa sobre las expectativas inflacionarias a escala global.
La reunión reciente entre el presidente estadounidense Donald Trump y el mandatario chino Xi Jinping no arrojó avances concretos para destrabar el flujo de crudo por el estrecho, reavivando el temor a un escenario de oferta crónicamente deficitaria al menos hasta el tercer trimestre del año. Según proyecciones de Capital Economics, si el estrecho permanece cerrado y la depleción de inventarios mantiene el ritmo actual, el barril podría escalar hacia el rango de US$130-140 en cuestión de semanas, lo que configuraría un ajuste no lineal con consecuencias macroeconómicas de amplio alcance.
El precio del petróleo dejó de ser un tema sectorial para convertirse en la principal variable que reconfigura la curva de tasas global y la dinámica de los break-evens de inflación. La combinación de un shock de oferta energética sostenido con expectativas de tasas más altas por más tiempo redefine las condiciones financieras internacionales y presiona sobre el crecimiento de las economías más dependientes de las importaciones de crudo. Los mercados de deuda soberana, los spreads crediticios y la dinámica del dólar global reflejan, en distintas magnitudes, el impacto de este nuevo equilibrio en el mercado energético.

