La constante **escalada militar** y los ataques en el Golfo Pérsico mantienen una fuerte presión sobre el **mercado energético** internacional[cite: 1]. Las acciones hostiles continúan con lanzamientos de misiles, originados como respuesta a la preparación de operaciones por parte de tropas estadounidenses[cite: 1]. Esta situación vuelve a tensionar los **precios del petróleo**, elevando significativamente la **incertidumbre global** sobre la duración y el impacto económico del conflicto[cite: 1]. El crudo Brent registró una suba del 1,9% hasta alcanzar los US$115 por barril, mientras que el WTI avanzó un 5,4% ubicándose en US$105[cite: 92].
En el frente diplomático, se observa un enfoque dual por parte de la administración estadounidense[cite: 49]. Por un lado, se aplican medidas de **presión extrema** y advertencias sobre la posible destrucción de la infraestructura energética si no se garantiza la apertura del Estrecho de Ormuz[cite: 47, 49]. Por otro lado, se mantienen canales de diálogo con un régimen que las autoridades norteamericanas califican de más razonable, dejando abierta la posibilidad de una salida negociada o una estrategia de contención[cite: 46, 47, 48]. En paralelo, Pakistán asoma como un posible mediador para destrabar la crisis, aunque todavía no existen señales de **negociaciones formales** consolidadas[cite: 2].
Las disrupciones en la **cadena de suministro** de energía ya comienzan a afectar a las economías más vulnerables[cite: 3]. Un claro ejemplo es la llegada a Cuba de un buque ruso cargado con 100.000 toneladas de crudo, destinado a mitigar una crisis energética severa que ha provocado apagones y afectado los servicios básicos de la isla[cite: 2]. Este movimiento refleja un pragmatismo en medio del **shock energético**, donde la respuesta internacional se adapta a la crisis humanitaria derivada de las **tensiones geopolíticas**[cite: 3].

