Kevin Warsh, nominado por Donald Trump para presidir la Reserva Federal, sostiene que la inteligencia artificial actuará como una fuerza desinflacionaria significativa, lo que justificaría la adopción de tasas de interés más bajas. Su tesis se apoya en el paralelo con la revolución tecnológica de los años noventa, cuando el entonces presidente de la Fed, Alan Greenspan, permitió una aceleración del crecimiento sin endurecer la política monetaria. Durante ese período, la productividad promedió un incremento de 2,7% entre 1994 y 2004, mientras la inflación descendió a 1,9%.
Datos recientes del Bureau of Labor Statistics sugieren que un fenómeno similar podría estar desarrollándose: la contratación se desaceleró marcadamente en 2025 mientras el PBI de Estados Unidos se mantuvo sólido, lo que implica una mayor producción por hora trabajada. Sectores que adoptaron IA, como telecomunicaciones y medios, ya exhiben ganancias de productividad superiores a las de industrias menos expuestas a la tecnología. Sin embargo, la visión de Warsh enfrenta resistencia tanto teórica como empírica: la teoría económica convencional advierte que un mayor crecimiento potencial eleva la tasa natural de interés, postura hacia la que parecen inclinados varios gobernadores de la Fed.
Adicionalmente, el fenómeno conocido como «enfermedad de Baumol» sugiere que sectores no transables como salud, educación y vivienda —que representan el 77% del empleo en EE.UU.— difícilmente capturarán los beneficios desinflacionarios de la IA. A esto se suma el efecto alcista de los aranceles sobre los precios de bienes transables y la presión que el boom de centros de datos genera sobre la energía y las cadenas de suministro. El debate sobre si la IA justifica una reconfiguración de los modelos de política monetaria permanece abierto dentro de la propia institución.

