La administración Trump anunció un plan para comercializar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano, una operación valorada en hasta 1.900 millones de dólares que redefine la geopolítica energética regional. Este movimiento estratégico ocurre tras la captura de Nicolás Maduro y el inicio de negociaciones con funcionarios de su gobierno, como Delcy Rodríguez, priorizando la estabilidad política y el retorno de gigantes energéticos.
El objetivo principal de esta operación es la recuperación de activos nacionalizados y la inyección de hasta un millón de barriles diarios al mercado global, marcando el fin de un ciclo de aislamiento y el regreso del crudo pesado a las infraestructuras estadounidenses. La estrategia contempla el retorno de compañías como Exxon Mobil, ConocoPhillips y Chevron al mercado venezolano, tras años de sanciones y restricciones comerciales.
Este flujo masivo de hidrocarburos promete una transformación radical para las refinerías de la Costa del Golfo, diseñadas específicamente para procesar el crudo venezolano que, antes de 2019, alcanzaba los 800.000 barriles diarios. El impacto comercial será profundo: el retorno de Venezuela desplazaría las importaciones de crudo canadiense, presionando a productores como Canadian Natural Resources, mientras beneficia directamente a empresas como Valero y Phillips 66. A nivel global, este reordenamiento obligará a las refinerías independientes en China a buscar alternativas en crudos rusos o iraníes, alterando definitivamente las rutas de suministro y la distribución de poder en el mercado energético mundial.

