Las últimas cifras económicas en Estados Unidos no respaldan un escenario de relajación monetaria en el corto plazo. Para marzo de 2026, se estima que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) registrará la mayor suba mensual desde 2022, impulsada principalmente por el incremento en los precios de la energía derivado del cierre del Estrecho de Hormuz. En paralelo, el índice de precios del ISM de servicios alcanzó máximos no vistos desde 2022, reforzando la percepción de un proceso inflacionario más persistente de lo esperado.
El mercado de bonos refleja con claridad este escenario: los rendimientos de los Treasuries operan con sesgo alcista, con la UST10Y cerrando en 4,3% y la UST2Y en 3,8%. El mercado descuenta que la Reserva Federal no recortará tasas hasta diciembre de 2027, una perspectiva que implica un período prolongado de política monetaria restrictiva. Este horizonte temporal difiere significativamente de las expectativas que prevalecían a principios de 2026, cuando los recortes se proyectaban para la primera mitad del año.
El contexto de tasas altas por más tiempo en Estados Unidos tiene implicancias directas sobre los mercados emergentes, el dólar global y el flujo de capitales internacionales. Un dólar fortalecido y rendimientos elevados en activos seguros reducen el apetito relativo por activos de mayor riesgo. Asimismo, la combinación de energía cara e inflación persistente plantea interrogantes sobre la trayectoria del crecimiento económico estadounidense, en un contexto donde también se esperan datos de bienes duraderos con una variación estimada de -0,5% para el mes.

